Día del Padre: una foto, un libro, un tesoro

María Esther Katz

Memoria. Continuidad. Preservación. Difusión. En estas palabras podría sintetizarse la misión a la que se ha dedicado, desde su fundación, el Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino “Marc Turkow” de AMIA. Para ello cuenta con archivos de fotografías, periódicos, libros, colecciones de revistas, testimonios orales, registros visuales de vivencias personales y acontecimientos comunitarios que permiten conocer la presencia y el desarrollo de la vida de los judíos en la Argentina.

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La enorme tarea de mantenimiento, identificación y catalogación de los distintos archivos no sería posible sin la colaboración permanente de un grupo de voluntarias y voluntarios. Y así como con sus tareas éste dedicado equipo custodia las historias que viven en cada foto, libro o revista, a veces son esos mismos documentos los que les devuelven, a través de sus páginas, regalos invaluables. Eso es lo que le ocurrió a María Esther Katz que todos los miércoles por la mañana viene al Centro “Marc Turkow”, en el 4to piso de Pasteur, para sumar su granito de arena.

 

Sentada en la biblioteca del Centro acaricia la tapa dura de un libro verde antiguo que le tocó revisar, su nuevo tesoro.  Así describe ella ese momento: “Primero fue el impacto cuando veo el nombre del autor: Ezequiel Schoijet. Y yo no lo conocí pero lo escuchaba nombrar en la casa de mis padres. Y cuando leo el título Páginas para la historia de la Colonia Narcisse Leven me dio como un salto en el corazón porque es ahí donde mis padres se instalaron cuando vinieron de Europa. Ahí se conocieron, se casaron y nosotras nacimos ahí”.

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La sorpresa mayor fue encontrar, en ese mismo volumen, fotografías que nunca había visto en las que estaba su padre y el tío que lo ayudó a emigrar al país. “Éste es el que trajo a mi padre”, señala orgullosa a su tío-abuelo en una foto donde el Gobernador de La Pampa visitaba la chacra de un colono en Narcisse Leven. “Eran varios hermanos y no te podés equivocar porque eran un calco uno del otro”.

Con la dulzura que la caracteriza repasa la historia de su padre. Marcos Katz llegó a la Argentina a los 17 años escapando de la amenaza de los pogroms. En Besarabia era balsero. “Aparte había un detalle, a los diecisiete le podía tocar el servicio militar”, apunta. En ese contexto, con la ayuda del tío Abraham, que sería uno de los fundadores de la Cooperativa “El Progreso”, llegó a la colonia y se convirtió en agricultor.

Luego toda la familia paterna se encontraría en La Pampa. Y su padre encontraría a su vez una nueva profesión: maestro de idish. Posteriormente, formaría parte de la Comisión Directiva de la Biblioteca “Peretz Hirschbein”.  Y fue en ese ambiente cultural donde cree Esther que sus padres cruzaron las primeras miradas ya que su mamá integraba el cuadro filo-dramático, un conjunto teatral como tenían muchas de las colonias.

Balsero, agricultor y maestro. Semejante trayectoria se sostiene en un amor 02incondicional por los libros y un deseo infatigable por aprender.  “A mí me contaron que, cuando papá manejaba el arado, en la otra mano leía un libro para aprender castellano. Tenía un lenguaje fluido y una ortografía perfecta”. Sin ninguna formación pedagógica previa, pero con mucha dedicación e intuición, decidió utilizar su manejo del castellano y el idish para enseñar. Una pasión por la lectura y la enseñanza que heredaría la propia Esther.

Cuando María Esther tenía dos años abandonaron la colonia y se instalaron en Rosario. “Era la época del ’30, una crisis muy grande, y a papá le ofrecen un puesto de maestro, con vivienda, en una institución que se llamaba Deguel Iehuda. Ahí pasé mi infancia, mi adolescencia, ahí estudié, me recibí, trabajé de maestra, me casé, tuve mis hijos y me divorcié. Todo eso en Rosario”, sonríe. “Y acá estoy todavía”.

Cierra el libro y se pone en marcha. “Voy a dejar a papá ahí”.  Pronto es la hora de almorzar y, a la tarde, tiene taller en “Jofesh”, en la sede de adultos mayores en Uriburu. Se entusiasma cuando recuerda el anterior encuentro donde, después de ver un film, debatieron sobre la diversidad y la integración. Así es el ritmo de esta joven de 88 años con ganas de seguir aprendiendo.

04Las fotos las compartirá con sus hijos, nietos y bisnietos (la mayor pronto va entrar a la secundaria). “Sobre todo para mis hijos. A determinada edad empezaron a valorar todo lo que venía de antes”, remarca. También, cada tanto, escribe, tiene la necesidad de anotar sus  vivencias.

Cuando piensa en su padre le vuelve una imagen de la niñez: “Por la noche, después de la cena, en la cocina, estábamos mis tres hermanas y mi mamá, y él nos leía a Sholem Aleijem, a Isaac Peretz, muchos autores más. En idish, eh… Yo entendía poco, mis hermanas reían y yo me reía también porque alguna cosa que captaba. Lindos momentos”.

 

*Nota aportada por el Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino “Marc Turkow”. Para consultas contactarse vía mail centro@amia.org.ar o telefónicamente al 4959-8864.

 

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