Martín y sus rescatistas, 22 años después

Martín Cano, sobreviviente del ataque terrorista del 18 de julio de 1994, cuenta cómo fue el momento que compartió, hace unas semanas, con las personas que le salvaron la vida. Una historia de héroes. “Un milagro” que nos sigue conmoviendo.

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Martín en el reencuentro con los socorristas.

_ El día de la explosión, nosotros sacamos de los escombros a un chico jovencito… ¿Martín puede ser? No sabemos si todavía sigue trabajando en la AMIA…

_ Sí, sigue acá. Es Martín Cano. ¡Ahora lo llamamos!

El diálogo ocurrió el viernes 9 de septiembre pasado, minutos antes de la reunión agendada entre el director de Defensa Civil, Raúl Garnica, y el director de Servicios Comunitarios, José Kviatek, para hablar sobre la realización de una serie de conferencias.

Garnica llegó ese día al 2º piso de Pasteur 633 acompañado por Horacio Paz e Ítalo Boz, con quienes, el 18 de julio de 1994, compartió la titánica tarea de rescatar sobrevivientes entre las ruinas de lo que fue la antigua sede de la AMIA.

Ese viernes, los tres ya estaban conmovidos por el sólo hecho de volver a pisar el lugar que vieron destruido, pero no imaginaban que antes de la reunión concertada iban a estar, frente a frente, con una de las personas a la que le salvaron la vida.

Veintidós años después, en el mismo sitio que fue destruido por completo por la bomba que mató a 85 personas y dejó más de 300 heridos, los hacedores de “un milagro” y Martín Cano, quien permaneció más de 12 horas atrapado, volvieron a verse las caras.

_Martín, acá en Servicios Comunitarios hay unas personas que preguntan por vos. Son las personas que te rescataron el 18 de julio.

_ …

_ ¿Querés subir?

_Sí, claro. Ya voy. ¡No me acuerdo de sus caras ni de sus nombres pero ya subo!

Pasados pocos minutos de este llamado, Martín y “sus héroes”, como él los llama, se rencontraron.

Inmediatamente Martín reconoció sus voces; se acordó de los diálogos que tuvieron ese día; los abrazó, y repitió la palabra “gracias” todas las veces que pudo.

“Ese viernes salí del trabajo emocionado. Me fui pensativo; me temblaba el cuerpo; fue tremendo. Tomé el tren hasta Merlo; llegué a casa, abracé a mi mujer y le conté lo que había pasado. Fue una sorpresa muy grande”, dice hoy Martín al recordar ese momento.

“Mil sensaciones distintas tuve cuando los vi. El día del atentado, uno de ellos, Horacio, me habló mucho y me hizo pasar hasta el dolor. Yo les dije: ´Ustedes son héroes´. Horacio se metió donde yo estaba para poder sacarme. Tranquilamente se podría haber muerto conmigo. No hay dudas: son héroes”.

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Martín, sobreviviente del atentado, sigue trabajando en AMIA todos los días.

UN ESTALLIDO INTERMINABLE

El lunes 18 de julio de 1994, Martín llegó a la AMIA cerca de las 7.15 de la mañana. Fue uno de los primeros en ingresar. Ese día le tocó trabajar repartiendo café y agua caliente por los diferentes pisos del edificio.

Todo transcurría como siempre… Faltaban unos minutos para las 10 de la mañana, cuando volvió al subsuelo, donde estaba la cocina. Terminó de apoyar una vajilla sobre una mesada, y de repente, todo se vino abajo. Un estallido interminable convirtió el lugar en una escena de espanto absoluto.

De un segundo a otro, Martín quedó acostado, sepultado por los escombros. La mesada, el termotanque, trozos de pared, todo cayó sobre él. De los hombros para abajo, no podía moverse. En medio del caos y la oscuridad, sólo trataba de no perder la calma.

-¿Explotó una caldera? ¿Fue la llave de gas? ¿Qué estalló? ¿Nos estarán viniendo a buscar?, se preguntaba mientras aguantaba los dolores como podía. Los rostros de su hijo Dani, de 3 meses, su mujer Lorena Cáceres, su padre y sus hermanos aparecían cada vez que las fuerzas se agotaban.

Martín no fue el único que había quedado atrapado en el subsuelo tras la explosión. Con Jacobo Chemauel z´l, del sector de Maestranza de AMIA, y con Bernardo Mirochnik (“Buby”) z´l que trabajaba como mozo, estaban separados por 2 ó 3 metros de distancia. Entre ellos se daban ánimo; se decían que tenían que resistir; intentaban tranquilizarse.

Martín estuvo prisionero de aquel infierno durante más de 12 horas hasta que pudo ser rescatado. Tenía entonces 21 años. Y hacía un año y unos pocos meses que trabajaba en AMIA. Fue el único de los tres compañeros atrapados que pudo sobrevivir.

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Martín junto con Ramón Pared, compañero del área de Infraestructura.

HÉROES EN MEDIO DE LA TRAGEDIA

Martín logró salir gracias a la tarea de los socorristas Garnica, Paz y Boz, que cerca de las 6 de la tarde de aquel fatídico día, lograron hacer contacto con las personas atrapadas debajo de la pila de escombros que dejó el derrumbe.

Habíamos quedado atrapadas debajo de todo, en el límite entre la parte del edificio que desapareció y la parte que quedó en pie”, relata Martín.

Cómo sería de profundo el lugar en el que estaban que hasta aquel rincón no llegaban los sonidos del horror que se estaba viviendo afuera: ni sirenas, ni ambulancias, ni nada. Ni siquiera escucharon el segundo derrumbe que se produjo, después de las 8 de la noche, de lo que quedó del edificio de la AMIA. “Imagínense dónde estaba yo, ahí abajo, en mi cueva”, grafica Martín.

“Nosotros seguíamos ahí abajo sin saber qué había pasado. Cuando escuché las voces que venían a sacarnos, me volvió el alma al cuerpo”, recuerda. “Y ahí empezaron nuestras súplicas y los gritos de socorro”.

Cavando, removiendo sigilosamente las ruinas, los rescatistas fueron armando un camino descendente que les permitió abrirse paso entre las moles de cemento amontonadas. Para poder detectar el lugar exacto donde estaban Martín y sus dos compañeros, Garnica, Paz y Boz se guiaron por las voces y por el ruido de las piedras que les hacían arrojar a los sobrevivientes para que el sonido los llevara hacia ellos.

Entrada la noche, los rescatistas logran dar directamente con Martín a través de un agujero por el que uno de ellos, Horacio Paz, alcanzó a pasarle una linterna.

_ “Horacio hizo de psicólogo conmigo. Me hacía hablar de mi hijo; me animaba. Él fue quien me dio la linterna…”, contó Martín cuando se reencontró con sus rescatistas en AMIA.

_ “Una linterna y algo más…”, agregó Paz.

_Un reloj. ¡Es verdad!  Yo tenía mi reloj puesto ese día y quedó destruido. Yo preguntaba a cada rato por la hora, por mi hijo, por mi señora, por todos. Y Horacio se sacó el reloj, que era un recuerdo de su familia, y por el agujero en la pared que habían hecho, y que todavía era muy chico, me lo dejó”, contó Martín ese día.

Fue la manera que encontró el rescatista de asegurarle a Martín que volvería más tarde para sacarlo de allí.

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Martín junto con sus compañeros de trabajo.

“FUE UN MILAGRO”

Martín ya había soportado la oscuridad, la falta de aire, el paso eterno de las horas, el dolor de su cuerpo aplastado. Pero todavía le faltaba dar otra pelea: de repente, el lugar en el que estaba acostado, sin poder moverse, comenzó a llenarse de agua. “Algo se movió mientras estaban haciendo el agujero por la pared para sacarme, y el agua empezó a subir. En 10 segundos tuve el agua a la altura de la nariz”, cuenta.

Todo lo que aguanté para que ahora me pase esto”, pensaba Martín en ese momento. Fue allí cuando se aferró, una vez más, al recuerdo de su hijo, de su esposa, de su padre. Y de repente, el nivel del agua se detuvo. “Eso, para mí, fue un milagro. No era mi hora. Fue un milagro”, repite.

Cerca de las 22.15, por el agujero que lograron hacer, Martín fue finalmente rescatado. Antes tuvieron que fracturarle un tobillo para poder sacarlo del lugar. “Vas a sentir un tirón, me dijeron. Le agarré la mano fuerte a uno de ellos pero no me importó. Yo lo único que quería era salir. Cuando me sacaron, no quise mirarme los pies. Eran dos pelotas grandes de futbol que parecían que iban a explotar, nunca vi algo así. Me preguntaba si iba a quedar bien, pero lo importante es que estaba vivo”, afirma.

Martín estaba completamente blanco del polvo que lo cubría. Los rescatistas lo colocaron sobre una camilla de chapa, sobre la que se quedó dormido de inmediato. Fue trasladado al Hospital de Clínicas, donde estuvo internado durante dos semanas.

A las 4 de la mañana del martes 19, se despertó en terapia intensiva. A su lado, estaba Olegario Ramírez, un compañero de trabajo que falleció después, y otra persona que tenía esquirlas en todo el cuerpo.

Ese mismo martes, Martín recibió la visita de Lorena, su mujer, que entró primero a verlo. Luego, ingresaron su papá y sus hermanos.

El miércoles se enteró de que la explosión había sido provocada por una bomba, y que todo formaba parte del siniestro plan de un grupo terrorista. “Mi viejo no quería decirme la verdad. Yo estaba con calmantes, pero quería saber qué había pasado, y cómo estaban todos”.

Nuestro compañero Ramón Pared fue quien, en sus visitas al hospital, le fue contando, poco a poco, quiénes habían sobrevivido y quiénes habían perdido la vida en el brutal atentado que destruyó por completo el lugar de trabajo que compartían.

VOLVER A EMPEZAR

La rehabilitación de Martín llevó un año y cinco meses.

Después de su recuperación, aún cuando todavía le costaba conciliar el sueño y era imposible dormir varios horas de corrido por las pesadillas que le asaltaban, Martín volvió a trabajar a la AMIA.

Volvió primero a la sede de la calle Ayacucho, donde la institución siguió funcionando. Algo le sorprendió cuando llegó y lo enfrentó directamente con la realidad: casi no había caras conocidas.

Al edificio de Pasteur, Martín se reincorporó después de que éste fuera reinaugurado en 1999.

“Nunca pensé en dejar de trabajar en la AMIA. Con todo lo que pasó, siento que uno tiene que pedir justicia para siempre. No voy a dejar nunca; siento que tengo que seguir trabajando acá, y apoyar a mis compañeros y a la gente que ese día lamentablemente falleció”, asegura Martín.

Martín tiene hoy 43 años, 5 hijos y un nieto. Es de los que cree que uno nunca debe perder las esperanzas.

En mi caso, no bajé los brazos. Ni en el peor momento cuando me estaba ahogando, me desanimé”, sostiene. No me siento mal al hablar y contar mi historia porque es una forma de mantener vivo todo. Eso sí: uno no tiene que perder las esperanzas, ni quedar encajonado en el pasado, pero uno espera Justicia”.

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