El tesorero de Auschwitz y una reflexión sobre el perdón

Errar es humano, perdonar es divino.

¿Cómo perdonar lo que parece imperdonable? ¿Es acaso posible aplicar el perdón ante la tortura y el aniquilamiento? Acciones como las que se llevaron a cabo durante el Holocausto hacen tambalear la posibilidad del perdón.

descargaSin embargo, la necesidad de perdón se expresa y se perpetúa. “Sin duda soy moralmente cómplice”, declaró el anciano Oskar Gröning, también llamado “el tesorero de Auschwitz“. A sus 93 años, Gröning entró apoyado en un andador y con la ayuda de un abogado a la sala del tribunal de Lüneburg, la pequeña ciudad situada a unos 50 kilómetros de Hamburgo donde vivió sin sobresaltos después de la Segunda Guerra Mundial.

“Admito esa culpabilidad moral aquí, con arrepentimiento y humildad frente a las víctimas. Pido perdón“, declaró Gröning; quien recibía las pertenencias de las víctimas; separaba los relojes de oro, las monedas de distintos países, contaba los montos, los colocaba en una caja de madera y anotaba cuidadosamente la fortuna que iba a enviar a Berlín.

Juzgado por complicidad de la muerte de 300 mil personas en 1944, el “tesorero” es uno de los pocos que relató la vida cotidiana de los miembros de las SS en el campo de exterminio, una vida que él calificó de “normal”, como la de un pueblo, con verdulería, vecinos. Entre 1942 y 1944, Gröning vio la pila de muertos en un par de ocasiones. Para él, según confesó, el exterminio de los judíos era “un método de guerra” y las matanzas eran “horribles” pero se enmarcaban en “lo necesario”.

En 1944, después de pasar dos años en Auschwitz, pidió su traslado al frente. Había visto a un SS arrojar a un bebé contra un camión, para que dejara de llorar. Esa noche se emborrachó para olvidar pero guardó silencio hasta que en los 80 escribió para sus dos hijos y algunos amigos su testimonio de las matanzas. Confesó que había escuchado los gritos de socorro de quienes perecían en las cámaras de gas. 

1,w=559,c=0.bildMás tarde dio una larga entrevista para un documental en la que se definió como una “ruedita”, una pequeña pieza en el engranaje del genocidio perpetrado por los nazis, pero en ningún caso como un culpable. “Ni siquiera nunca le pegué a un prisionero”, dijo entonces. El abogado defensor consideró que Gröning nunca tuvo una participación directa en los crímenes nazis y que su sola presencia no lo convierte en cómplice.

El abogado Thomas Walther expresó, en cambio, que fueron justamente estas “rueditas” las que permitieron el funcionamiento de la maquinaria de exterminio. Criticó  la justicia alemana por haber descartado una y otra vez la responsabilidad de los administradores grises del Holocausto, los llamados “criminales de escritorio”.

El perdón debe anunciarse como lo imposible mismo. No puede ser posible más que al hacer lo imposible”, expresa el filósofo Jacques Derrida. En tanto, el escritor austríaco y sobreviviente del Holcauto Jean Améry manifiesta: “Me parece un absurdo lógico que se me exija objetividad en la confrontación con mis verdugos, con mis cómplices o tan sólo con los testigos mudos”.

Como manifestó el psicólogo Robert Enright, “perdonar no es lo mismo que justificar, excusar u olvidar. El perdón es la respuesta moral de una persona a la injusticia que otra ha cometido contra ella”.

Un daño imborrable, una huella que perturba y se extiende en el tiempo. Y una pregunta latente: ¿El tiempo cura todas las heridas? ¿Es posible salir fortalecido del perdón?

Los relatos del Holocausto horrorizan una y mil veces. Viajan a través de los años para honrar la memoria de los muertos y el valor de los sobrevivientes. Las víctimas y sus descendientes esperan, sin dudas, un juicio y una sentencia; en tanto la reflexión y la educación sobre el pasado necesariamente continúan.

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