Navazo y Meir: una historia de encuentro y salvación en medio del horror

Saturnino Navazo formando alineación con otros españoles en Mauthausen.

Saturnino Navazo formando alineación con otros españoles en Mauthausen.

No es una historia como tantas otras. Optó por no escarbar en los recuerdos; olvidó el alemán, su lengua materna, y dice que es como si tuviera un velo que le impidiera recordar los primeros nueve años de su vida. Su historia arranca para él con la deportación junto a su familia desde Frankfurt al campo de concentración de Auschwitz.

Sin embargo, a sus 75 años Siegfried Meir decidió desempolvar su memoria, buscar respuestas y reconciliarse con el pasado. En el documental “Après le brouillard (¿Quién es Sigfried Meir?)” vuelve a ser ese niño que no entiende por qué de repente no puede jugar en la calle con sus amigos ni hacer cosas que hasta entonces eran cotidianas, como comprar en una tienda o ir a la escuela; que es arrancado de su hogar y sumergido en un infierno, donde mueren sus padres; y él, contra todo pronóstico, sobrevive.

Meir afirma que fue cuando las tropas rusas estaban a punto de llegar al campo (lo liberaron el 27 de enero de 1945), el momento en que los nazis evacuaron a miles de presos a Mauthausen, a 600 kilómetros de distancia, en unas condiciones infrahumanas: hacinados en vagones de tren sin techo, comían nieve y arrojaban fuera a los cadáveres. No recuerda el traslado e ignora quién pudo ayudarle en aquel penoso viaje en el que los muertos se contaron por centenares.

Siegfried sostiene una vieja foto junto a su padre adoptivo.

Siegfried sostiene una vieja foto junto a su padre adoptivo.

Jamás hubiese imaginado que a su llegada a otro infierno encontraría un ángel de la guarda. Bachmayer, comandante del campo, le dijo que sería confinado en la barraca de los españoles. “Yo pensaba que era una especie de treta para engañarme o algo así y que me mandarían a la cámara de gas. El hecho es que me llevó a la barraca y me presentó a Navazo”, recuerda Meir.  Fue entonces que conoció al hombre que lo protegería y que lo salvaría de una muerte segura.

Saturnino Navazo, futbolista de profesión y republicano, había sido estrella de Deportivo Nacional y lo hubiera seguido siendo pero al desatarse la Guerra Civil Española fue confinado a Mauthausen después de haberse exiliado a Francia. Logró sobrevivir gracias a su talento futbolístico. Los nazis organizaban partidos con aquellos reclusos  que aún no habían sido vencidos por el hambre, la explotación y las torturas. Enseguida repararon en que era un artista con la pelota en los pies. En más de una ocasión, aplaudían sus goles y malabares.

Navazo consiguió una posición de privilegio dentro del campo: fue nombrado jefe de un barracón de doscientos españoles y designado a ayudar en la cocina para que pudiera organizar partidos de fútbol.  Pero él fue más lejos: no sólo conservó la vida y ayudó a que sus compañeros preservaran la suya, llevándoles alimentos sustraídos de la cocina; sino que además, cuando los norteamericanos liberaron el campo en mayo de 1945, se hizo cargo del pequeño Meir.

Aún hoy, a sus 80 años de edad, Siegfried se emociona cuando recuerda a quien considera la figura más importante de su vida. El futbolista formó en Francia una nueva familia y Meir fue parte de ella hasta que decidió independizarse y demostrarle a Navazo que había valido la pena sobrevivir. Así se convirtió en cantante durante 12 años bajo el nombre de Jean Sigfried. Luego dejó la música y probó con otras ocupaciones muy diferentes: fue vendedor de antigüedades y hasta abrió negocios turísticos.

En los años 80 la muerte de Navazo sumió a Meir en el abatimiento pero gracias a su amigo George Moustaki logró recuperarse para escribir juntos el libro “Hijo de la niebla”. Fue la primera vez que contó su historia en los campos nazis. La investigación sobre un pasado que quiso olvidar hizo tambalear sus convicciones y le permitió comprender a sus padres. Llenado de grises los recuerdos en blanco y negro, ya no pudo culpar a su progenitor de la suerte que corrió la familia. Entendió que probablemente nada iba a cambiar ya ese destino.

Pero la historia de Meir aún no termina. Al hombre, que reside en Ibiza desde hace décadas y es un reconocido escultor, todavía le queda un sueño por cumplir: actuar en una película. “Soy optimista -confiesa-, la vida me ha hecho tantos regalos”.

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