La Semana Trágica y el sufrimiento de los judíos

El 7 de enero de 1919 las fuerzas armadas del gobierno dispararon contra las concentraciones de obreros huelguistas reunidos en la fábrica metalúrgica de Vasena. Cayeron muertos cinco obreros y cuarenta resultaron heridos. Con este episodio se inició la desgraciada “Semana Trágica”, que tendría también una sangrienta repercusión sobre los judíos.

La huelga en los talleres comenzó en diciembre de 1918 y fue reprimida violentamente al mes siguiente. Los obreros pedían la jornada de ocho horas, aumento de jornales, gratificaciones por las horas de trabajo extras, readmisión de los huelguistas y que no se tomaran represalias. Dos mil quinientos obreros lucharon heroicamente; y el conflicto se dilató contando con una amplia solidaridad popular.

Los relatos son horribles y trascienden a la imaginación. La represión salvaje se había apoderado de las calles de Buenos Aires. Nadie estaba seguro de su vida.

El diario ídish “Di Presse” describe los acontecimientos como el “día de los asaltos y la noche de las hogueras”.

 

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Luego de movilizarse el ejército, la policía y las nuevas fuerzas civiles armadas –los “Defensores del Orden”-, la Ciudad de Buenos Aires fue dividida en zonas de operación, algunas densamente pobladas por judíos. Los barrios judíos, denominados “barrios rusos”, fueron objeto de especial atención. Uno de ellos abarcaba la zona comprendida entre Callao, Medrano, Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) y Córdoba. Los barrios de Villa Crespo, Caballito y La Boca-Barracas también tenían sus propios “barrios rusos”. La misma situación se daba en las localidades lindantes con la Capital del país: Avellaneda y San Martín. No sólo se amenazaba y atacaba a los judíos; se escuchaban también, aunque más débiles, exclamaciones contra los extranjeros en general. Sin embargo, el odio contra los judíos tenía un carácter especialmente notorio, global e indiscriminado.

La ciudad se convirtió en un campo de batalla. Testigos presenciales relatan que todo hombre que transitaba por la calle era atacado a balazos por el bandidaje enfurecido.

Un destacado publicista e intelectual que más tarde trascendió como una relevante figura de la comunidad judía de la Argentina, José Méndelson, que en aquellos días era un joven inmigrante, narra en un testimonio conmovedor y patético las difíciles horas vividas por la colectividad:

“Aquí se trataba de una acción políticamente organizada, de un pogrom policialmente consumado contra nosotros, por el hecho de ser rusos. De maximalistas nos tildan a todos, sin diferencia, al pobre o al rico, al anciano o al joven, a sionistas y socialistas, a progresistas, reaccionarios, bolicheros y comerciantes, ya sea a trabajadores, a estudiantes o artesanos. Todos, todos, somos el más terrible elemento entre los pueblos, el más destructivo de los bacilos de la moderna sociedad. Y por ello nuestra sangre no vale nada, nuestras lágrimas no tienen sal; por ello debe cada radical, cada juez… burlarse de nuestros ancianos y torturar en los calabozos y mazmorras de los departamentos policiales a nuestros jóvenes y a nuestros encanecidos padres y abuelos, imponiéndoles tales torturas y sufrimientos, que sólo pueden ser comparados con los métodos inquisitoriales que empleara la madre patria de la Argentina, a la cual quizás le fueron transmitidos por herencia…”

Méndelson destaca así el carácter público, la organización policial que tuvo el pogrom antijudío, la responsabilidad de las autoridades constituidas. Comparando luego los sangrientos hechos vividos con las matanzas antijudías de Europa Oriental a fines del siglo XIX y principios del XX, expresa: “Todos ellos fueron un juego de niños en comparación con lo que ocurrió en las calles Lavalle, Bermejo, Anchorena, Ecuador, Billinghurst, Valentín Gómez, y otras. Pamplinas son todos los pogromes al lado de lo que hicieron con ancianos judíos en las comisarías 7ª y 9ª y en el Departamento de Policía. Jinetes arrastraban a viejos judíos desnudos por las calles de Buenos Aires, les tiraban de las barbas, de sus grises y encanecidas barbas, y cuando ya no podían correr al ritmo de los caballos, su piel se desgarraba raspando contra los adoquines, mientras los sables y los látigos de los hombres de a caballo caían y golpeaban intermitentemente sobre sus cuerpos.”

Los testimonios de aquella semana hieren la más íntima fibra humana. Los bajos sentimientos del hombre, su animalidad, descendieron a niveles insospechados. Todo era lícito y legítimo. La causa defendida no era más que el privilegio de una selecta minoría.

La cuestión judía en la Argentina es un problema muy pocas veces analizado desde una perspectiva histórica. Pareciera existir la intención de ocultar tras el silencio y la indiferencia una serie de acontecimientos que en distintas oportunidades crearon amenazas para la libertad, la autodeterminación e incluso la existencia de los judíos. No obstante ello, los hechos, los testimonios y los documentos existen. La realidad es más fuerte que el silencio. La historia transcurre y exige ser conocida.

Fuente: Solominsky,  Nahum. “La Semana Trágica en la Argentina”. Ed. Congreso Judío Mundial. Buenos Aires, 1971. 

Fotografías del archivo del Centro Marc Turkow, AMIA.

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