La llegada de los judeo-marroquíes a la Argentina

Barco con inmigrantes judíos

La llegada a la Argentina de inmigrantes de la comunidad judeo- marroquí comenzó a mediados del siglo pasado. Pese a que dentro de la comunidad judía que llegó a la Argentina el que nos ocupa representa el subgrupo menos numeroso, presenta algunas características peculiares. En este sentido, se trata del primer grupo de judíos sefardíes llegados al país; en segundo lugar, fueron ellos los primeros en organizar una comunidad judía específicamente sefardí, oficialmente reconocida por la Argentina; y, por último, ya en 1897 fundaron su propia asociación de sepultura, al establecer en el barrio de Avellaneda el primer cementerio de la colectividad judía en la Argentina.

Colonos

Independientemente de esta inmigración espontánea, llegó otro grupo menos numeroso, promovido por la Alliance Israelite Universelle, cuyo número no es posible determinar, aunque sí su composición: se trata de un conjunto de maestros marroquíes, llegados al país para enseñar castellano a los pobladores judíos ashkenazíes de las colonias del interior, quienes, provenientes de Europa Central y Oriental, veían dificultada su integración al medio por desconocimiento del idioma local.

Por otra parte, una vez arribados al país no se alojaran en el Hotel de Inmigrantes, lo cual permite suponer que llegaban atraídos por parientes o amigos. Aunque algunos optaron por instalarse en la Capital, especialmente en la zona sur (en los alrededores de los barrios de San Telmo, Concepción y Montserrat), la mayoría se dispersó hacia los centros urbanos del interior, para radicarse sobre todo en la zona del litoral (provincias de Santa Fe y Entre Ríos), o en Córdoba y el Chaco.

Maestros judíos traídos desde Marruecos

Por lo que respecta a su ocupación laboral, se estima que la buhonería constituyó la principal ocupación de todos los sectores de la población sefardita, aunque más tarde muchos de ellos estuvieron en condiciones de abrir tiendas al por menor, comercios mayoristas, y finalmente industrias.

Otra característica distintiva de estos inmigrantes la constituía su lengua, llamada jaquitía, consistente en una modalidad particular del judeo-español que desarrollaron en África del Norte. El tipo fónico más emparentado con este dialecto es el andaluz, razón por la cual al llegar a la Argentina hablaban correctamente castellano, aunque esporádicamente, en la vida familiar, seguían utilizando su lengua como una forma “secreta” de comunicación.

 

Sinagoga judeo-marroquí de la calle Piedras, en San Telmo, Capital Federal

En cuanto a sus instituciones y a su vida comunitaria, desde muy temprano se agruparon con propósitos de ayuda recíproca, con fines sociales y para celebrar oficios religiosos. La comunidad contaba con 3 asociaciones: el templo, el cementerio y el club social, que funcionaban independientemente, cada una de ellas con su correspondiente personería jurídica.

En el marco de las características generales descritas, interesa destacar los particulares vínculos que estos inmigrantes mantuvieron con el resto de la comunidad judía. En términos generales, con los judíos ashkenazíes la relación fue conflictiva y distante, lo que encuentra su explicación en las poderosas y largamente sostenidas divisiones que los separaron en torno a la cuestión religiosa. Por otro lado, es un error suponer que los sefardíes argentinos hayan constituido un conjunto uniforme: cada grupo llegó al país con las tradiciones y costumbres propias de su lugar de origen y constituyó aquí su propio sistema organizativo, como consecuencia de la estratificación judía en torno a divisiones religiosas, nacionales e incluso regionales, lo que constituye una prueba de la fragmentación interna de la vida judía en la Argentina.

 

 

Fuente: Diana Lia Epstein. “Los judeo-marroquies en Buenos Aires: pautas matrimoniales 1875-1910”. Universidad de Buenos Aires.

 

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