Kurt Riegner, una historia de activismo y compromiso

Kurt Riegner nació en Berlín en 1912 en el seno de una familia de la alta burguesía. Su posición social le permitió completar sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal. Sin embargo, su asistencia a la universidad se vió interrumpida en 1933 como consecuencia del contexto sociopolítico alemán.

Kurt Riegner

Kurt se mudó a Suiza, donde alcanzó su título de abogado en la ciudad de Basilea para el año 1934. Ese mismo año volvió a Alemania, lugar donde continuaba viviendo su familia y su novia, con quien contrajo matrimonio el 15 de septiembre de 1935.

Ese mismo día se sancionaban las leyes de Nüremberg. Kurt lo sabía: había que emigrar.

La gente con la que él se rodeaba, y la colectividad judía en general, pensaba que todo se iba a arreglar, repitiendo “no puede ser” al referirse al comienzo del régimen nazi. Pero quienes conocían la historia judía sabían que era un episodio más de sufrimiento, que era real.

Años antes, en 1932, Riegner participó en la militancia estudiantil de la “Asociación Central”, una entidad judía. Se dedicó a tocar timbres con el fin de incentivar la participación en las elecciones, donde Hitler competía con Hindenburg. A diferencia de sus padres, Kurt estaba interesado por el judaísmo. Ese año, Hitler perdió.

Bajo el nombre de la misma organización, entre 1936 y 1937 Kurt tuvo que mantener relaciones con la Gestapo. Siendo un hombre que entendía la situación de su país, decidió organizar un acto en una importante sinagoga en donde advertir a los ciudadanos y recomendar la emigración. Con cuidado, escribió el discurso del presidente de la comunidad, Heinrich Staal, dado que ambos sabían que habría oficiales de la Gestapo en dicho evento.

El militante sabía que no quedaba mucho tiempo. Quería irse y llevarse consigo a la mayor cantidad de jóvenes judíos posibles, por lo que intentó convencer a sus padres. Estos, sin embargo, se resistían. Pensaban que solamente querían separarlos de sus hijos.

Conseguir el permiso de sus padres no era una tarea menor. Por aquellos tiempos, sin comunicación con otros continentes, era como llevarlos a otro planeta. ¿A quién se le podía ocurrir?

Persistente y con muchas ideas, se dedicó junto a su esposa a preparar cursos donde capacitar a los chicos de entre 14 y 16 años con tareas manuales que les permitan desempeñarse en cualquier destino al que consigan llegar una vez que abandonasen Berlín.

En cuanto al destino, sabían que no tenían que ir a Israel, dado que los permisos eran muy difíciles de conseguir. Lo más fácil para convencer a las familias era dirigirse hacia algún país europeo. Pero él pensó en Latinoamérica.

Luego de consultar varios libros, eligió Brasil, lugar donde se había radicado uno de sus tíos. Pero al comenzar los trámites para las visas, solamente pudo conseguir para su mujer y para sí mismo, por lo cual el destino quedó descartado.

En 1937 conocieron a un agente de una línea naviera francesa que buscaba pasajeros de primera clase, con dos destinos: Uruguay o Argentina. “¿Cuál es el más grande?”, le preguntó su mujer. “Argentina”, contestó. Habían elegido su nuevo lugar de residencia, su hogar, su futuro.

Junto a otros cuatro jóvenes capacitados recién entrados en la Asociación, salieron en tren hasta Ámsterdam gracias a la “Hilfs Farain”, una asociación de ayuda que mandaba a emigrar a los judíos alemanes. Luego viajaron a París, donde se pusieron en contacto con el Joint. Esta organización americana se hizo cargo de los gastos de sus estadías y les brindaron apoyo económico para los generados en el próximo período. Su viaje continuó hasta Burdeos, donde se embarcaron en la primera clase de la línea francesa.

El barco tocó los puertos de Río de Janeiro, donde Kurt puedo reencontrarse con su tío, así como también el de Santos y Montevideo, hasta llegar a Buenos Aires luego de un muy largo viaje. Para entonces su mujer ya estaba embarazada de 7 meses.

El 18 o 19 de enero de 1938, fecha en que llegaron a tierra firme, la Asociación Filantrópica les brindó alojamiento en una pensión en Plaza Constitución llena de judíos. Durante los 4 o 5 días que estuvieron allí, pagaron su estadía con dinero que el Joint les había facilitado.

Desde chico, Kurt quería ser escritor. Y lo logró: "Tierra entre tres mares", Ed. Milá, 1988.

Riegner no hablaba nada de español, pero su esposa sí. Es por esto que con su ayuda pudieron crear una asociación que denominaron “Los Amigos” que daban a conocer a través de la distribución de volantes que ellos mismos producían, ofreciéndose para todo tipo de trabajos.

En 1939 su socio y amigo germano, Fridlender, sacó a 30 o 40 jóvenes de Alemania. Todos con visa en tránsito para Paraguay. Luego de la noche de los cristales, todos los padres querían sacar a sus hijos del país. Finalmente, luego de mucha espera, todos los embarcados consiguieron llegar a Argentina.

En Buenos Aires, los recibieron Kurt y su esposa, quienes alquilaban una casa bastante grande en Anchorena y Paraguay. Todos los jóvenes que iban llegando se quedaban con ellos. En homenaje a un líder juvenil judío de Alemania que murió a temprana edad trágicamente en el `33 o `34, decidieron llamar a la casa “Hogar Ludovico Titz”.

Esto inspiró mucho a todos los que vivían allí, generando que la casa se convierta en un Centro. Se organizaron actividades culturales, discusiones y pequeñas conferencias. Los sábados a la noche tenía lugar la Avdalá. La misma funcionó hasta fines de los `40.

Años después, Kurt participó en la fundación de NCI, Nueva Comunidad Israelita, continuando sus días con la realización de diversos aportes a la comunidad judía.

Este artículo se escribió en base a la entrevista provista por el propio Kurt Riegner al Centro Marc Turkow (El Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino “Marc Turkow” de AMIA, creado en 1983, se ocupa de buscar, reunir, clasificar, organizar, investigar, difundir y exponer aquellos elementos que permitan conocer y dar testimonio de la historia y presencia de los judíos en la Argentina.)

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