El Cementerio Judío

La palabra Cementerio proviene del griego y significa lugar donde duermen los muertos. Los antiguos israelitas enterraban a sus muertos en cuevas. Abraham compró la cueva de Majpelá, cerca de Hebrón, para enterrar a su mujer Sara (Génesis 23,17). Los reyes de Judá fueron enterrados en cuevas, que hasta la fecha no han podido encontrar los arqueólogos. Generalmente se reservaban cuevas para familias enteras y esa costumbre es la que dio origen a las catacumbas cristianas en Roma, cuyo suelo tiene parecido con el de Palestina.

Cemeterio Comunitario de Tablada

El exilio babilónico y la dispersión de los judíos en diversos países fueron causa de cambios en las costumbres funerarias judías. El suelo babilónico no se prestaba a los sepulcros en cavernas y se implantó el entierro en cementerios públicos. En lugar de cuevas se construían mausoleos y tumbas por encima del suelo. Sin embargo, la forma más usual fue el entierro propiamente dicho, con un monumento de piedra, tziún, como marca, para indicar la presencia de cadáveres y de un lugar ritualmente impuro. Epitafios y monumentos con leyendas grabadas existían sólo como excepción y se implementaron posteriormente. El Talmud menciona tumbas en bancos de tierra, en cuevas, en cajas y en cementerios propiamente dichos.

Durante la Edad Media, en muchos lugares, se prohibía a los judíos enterrar a sus muertos en el lugar de su residencia y tenían que adquirir cementerios en poblaciones vecinas y pagar impuestos especiales por ese privilegio. Hasta el reinado de Enrique II, o sea el año 1177, los judíos de Inglaterra poseían solamente un cementerio, en Londres. Los judíos de Baviera Superior e Inferior no podían enterrar a los suyos más que en Regensburg y los de Ámsterdam tenían que llevar a sus muertos a Oudekerk.

Los cementerios judíos se hallaban generalmente en terreno no apto para el cultivo, con objeto de asegurarles cierta tranquilidad, pero los adornaban frecuentemente con árboles y de ahí proviene el nombre cristiano de los cementerios judíos hortus judaeorum (jardín de los judíos). Las tumbas se disponían en hileras. A veces se reservaba un sitio especial a los rabinos y a los sabios y otro a los judíos conversos y a los malhechores (Shulján Aruj, Yoré Dea 345 y 362). El cementerio tenía un local para lavar los cuerpos.

Muy pocos cementerios antiguos se han conservado, debido a las profanaciones periódicas que sufrieron durante las persecuciones antisemitas, hecho que continúa sucediendo hasta nuestros días.

Lápida con Magen David

La costumbre de las lápidas grabadas data de principios de la Edad Media. Las matzevot reemplazaban al simple tziún, aunque mausoleos muy elaborados se estilaban ya en la época del Talmud (Sanedrín, 96b). Eran pequeños edificios, llamados nefastot, levantados por familias ricas. La costumbre de las lápidas erigidas se introdujo desde oriente hacia el siglo X.

Es requisito indispensable que el cadáver repose en la tierra y hasta se combatió enconadamente la costumbre de colocar flores en las sepulturas.

El nombre del cementerio en hebreo es frecuentemente un eufemismo. Se llama bet jayim (casa de la vida); bet olam (casa de la eternidad); bet hakvarot (casa de los sepulcros); en idish dos guite ort (el buen lugar) o dos heilike ort (el lugar sagrado).

Fuente: “Sitios de la Memoria: Protagonistas y Forjadores de la Comunidad Judía Argentina”. Eliahu Toser y Ana E. Weinstein. Buenos Aires: Editorial Milá, 2005, 16-19 p

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